martes, diciembre 06, 2011

"TICO" HA HECHO CAMINO AL TOCAR

Héctor Manuel Rojano Tapias, "Tico", es un músico vallenato, ejecutante de la tambora, que lleva más de un cuarto de siglo dándole a los cueros. Una alargada vida encima de una tarima armonizando y vibrando con su instrumento que es como una extensión de su alma alegre. EL COMENTARISTA les cuenta la historia humana del que fuera un muchacho muy humilde que, para dejar atrás las carencias, le ha dado remo a la canoa de sus sueños artísticos a golpe de tam tam.

En medio de una presentación musical.

Héctor "Tico" Rojano.


 ...AYER...

...HOY...


Por Héctor Sarasti V.
EL COMENTARISTA
España.

 …Colombia…
A sus 52 años, el músico de corazón y conguero o tamborero de profesión, Héctor Manuel Rojano Tapias lleva grabada a fuego en su alma la inmensa gratitud con el hombre aquel que un día cualquiera de su adolescencia lo sacó  de su humilde vida de vendedor ambulante de las calles de la población colombiana de Calamar (Bolívar) y lo invitó a  vivir en Valledupar (Cesar), acogiéndolo allí para que así reemprendiera un nuevo y mejor camino, lejos de los caminos polvorientos y del ir y venir sobre las aguas del Río de la Magdalena -que serpentea su pueblo natal- y sobre las que, en general, se le  desgranaban los  días entre carencias, anhelos y angustias.
Gracias a ese gesto de Tulio Villa -como se llamó en vida su benefactor, quien ya murió-, a su empeño personal y, por qué no, a su suerte ha podido conocer un mundo mejor, tanto así que ha viajado por Europa (Francia, Inglaterra, Suecia, Holanda, Italia, España y Alemania); Norteamérica (Estados Unidos y Canadá); Centro y Suramérica (Panamá, Venezuela, Ecuador, Brasil y raca que raca) y cuanto rincón tiene la geografía colombiana.
La mayoría de las veces como integrante de la Organización Musical de Diomedes Díaz, siempre llevando consigo la “tumbadora” o “conga”, el instrumento que ejecuta con destreza y al que le coloca una nota de alegría, tal y como lo pueden atestiguar quienes asisten a los conciertos y lo ven saltar tanto que parece que en vez de pies tiene resortes. Es así. No lo he inventado yo.
Del chico aquel que vendía a los transeúntes “mazoooorcasssss”, “duuulce de coooco”, “panoooooochasssss” y “booooollosssssss ” en una olla de aluminio solo quedan los recuerdos, entre ellos, ese que da cuenta de como volteaba el recipiente y lo convertía en su tambor, lo que a la postre fue uno de los primeros pasos en su particular evolución como artesano del vallenato, del que es ya uno de los más legendarios músicos, amparado con un cuarto de siglo de carrera musical.
Pero también queda  la gratitud y el recuerdo de Cristóbal, Grimaldo y Manuel de Jesús Tapias, sus tíos por parte de madre, quienes como músicos le dieron parte del saber que le permitió conocer más de cerca la “caja” (tambor), que ellos tocaban y que fue, para Rojano Tapias, la antesala de su acercamiento a otro instrumento de percusión (de percutir o pegar) llamado tambora.
Básicamente, la tambora es cilindro largo y hueco de madera fina cerrado en su parte superior con piel tensada y llevado a América por los esclavos hace más de 400 años desde la África subsahariana (Hoy el Congo, Angola y países vecinos) hasta Cuba y de allí a Estados Unidos de donde se explayó a todo mundo, en general, entre otras cosas, gracias al cine de Hollywood que inmortalizó ese instrumento con las escenas en las que los sonoros y agudos tam tam anuncian que los morenos ‘le van a sacar la mugre’ a los blancos en plena selva o, simplemente, que Tarzán anda dándose una coñamentazón con un león 10 veces más fuerte que él en medio de un combate ilógicamente desigual y del que el animalito sale más maltrecho que vivo. Vainas de la imaginación de los gringos.
Héctor, conocido en el ámbito musical como “Tico”, arribó a Valledupar a mediados de la década de los sesenta, bordeando casi sus 18 años. Para entonces la vanguardia de la música vallenata era solo un puñado de agrupaciones que acaso se contaban con los dedos de la mano pero que sus cultores era una  mayoría de juglares campesinos que expresaban sus más nobles sentimientos a través de la caja, la guacharaca, el acordeón o la guitarra, lo que en si era y es un conjunto básico de vallenato. Salvo mejor información sería Alfredo Gutiérrez quien introdujo la tambora en ese arte musical.
En su incursión en el vallenato tiene como saldo a su favor haber tocado con las más legendarias agrupaciones de esa música, entre ellas, los Hermanos Zuleta, Diomedes Díaz, Jorge Oñate, Los Betos y otros tantos, y acompañado a acordeoneros tan famosos como Nicolás Elías Mendoza Sierra, Emiliano Zuleta Díaz, Juan Humberto Rois Zúñiga, Franco Argüelles, Nafer Durán, Elberto López, Gonzalo Arturo Molina Mejía, Alvaro López y toda una larga y renombrada lista. ¿Quién no ha escuchado  “La Gordita”, “Paisaje de Sol”, “El Cóndor Legendario”, “La Chambaculera” y demás éxitos? En estas producciones, “Tico” ha dejado su impronta, su amor al arte, su tambora.
Arte que ha transmitido a 3 de sus 4 hijos quienes como él son músicos y que nacieron de la unión con Berta de Jesús Paba, la mayor valedora y amparadora de su familia y, a su vez, abnegada madre de sus hijos Ronny Fernando, Héctor David, Luis Alfredo y Evelyn Johana Rojano Paba, de 26, 23, 20 y 19 años, respectivamente.
“A ella le debo toda por su compresión en mi vida como músico, todo su amor infinito a nuestro hogar, ya que siempre he contado con ella, en mis aciertos y en mis errores y eso ella lo ha sabido manejar”, dijo a EL COMENTARISTA, Héctor Sarasti, al referirse a esa mujer, de 42 años, la matriarca de esa familia que vive en el conocido barrio Los Fundadores, de Valledupar. 
“Ella cuando pasa algo me llama a mi, hablamos, dialogamos ¿qué más se puede pedir que una buena madre y mejor esposa?”, dice con nostalgia al recordar que hace casi un lustro mientras hacían una gira por España falleció su mamá, algo que lo entristeció profundamente. Pero ahí quedó el consuelo de su compañera e hijos.
Tres hijos de “Tico” son hombres y, como él, músicos de profesión y trabajan en agrupaciones de prestigio, al margen de que alguno de ellos cursó, además, estudios superiores en otras áreas. La cuarta, Evelyn,  la niña de sus ojos, estudia medicina en una universidad de su ciudad. “Un orgullo para nosotros”, dijo a la par que deseaba en estos años de su ya dilatada carrera musical rematar la faena folclórica asegurando la estabilidad económica de la mejor manera. “Todos deseamos siempre un mejor futuro y lo mejor del presente”.
Quizá tanta estabilidad con su pareja le permiten hoy vivir sus días de abuelo y padre, cuando no está trabajando, saliendo a alquilarse una película o a comer. “Le agradezco infinitamente a Dios todo lo que me ha dado, le pido salud, fuerza para seguir tocando mi instrumento así   porque lo siento y lo llevo en el corazón… la tambora hay que tocarla con alegría, con emoción haya plata o no haya plata, que Dios siempre proveerá”.
Rojano Tapias siente que es natural al ser humano conservar su dignidad: “A la única persona que debemos rendirle pleitesía es a Dios, a todas las demás hay que saber llevarlas”.
Agrupaciones como la de Fabián Corrales, Churo Díaz y Luifer Cuello, entre otras, han contado con la presencia de un Rojano Paba, una estirpe de músicos nacida de un chico que algún día lejano trasegó de una orilla a otra del río grande de la Magdalena, en el norte de Colombia, encima de una “Jhonson” como se conocen en esa región las chalupas o canoas de madera en las que se embarcaba desde su pueblo, Calamar, con la intención de desfogar toda esa energía juvenil, aporrear la pobreza endémica que padecían muchos chiquillos de su pueblo y, sobretodo, ver mundo.
¡Y vaya que si ha visto mundo!.

BREVES

Una curiosidad notoria de Tico es que en el escenario se le ve saltar con frecuencia. Impronta del goce que vive en medio de las multitudinarias presentaciones.
En la última gira a Europa pasaron días entre un país y otro. Tiempo el cual les permitió conocer de cerca el Viejo Continente.

Considera, ante todo, que al músico debe dársele su sitio como persona.

Por estos días, como toda la agrupación anda de estrene del nuevo disco de Diomedes Díaz, su compadre y jefe, ya que él le bautizó un hijo. En el disco “Con Mucho Gusto” se escucha su tambora.

Recordó que fue el Joaquín Guillén, el que fuera manager del conjunto, quien lo llevó a trabajar a esa agrupación. Corría mediados de la década de los setenta.

Para Rojano Tapias, el cambio de la caja a la tambora fue motivado, en parte, porque encontró que habían muchos cajeros pero pocos congueros. Ahí encontró su hueco y por ahí siguió su senda hasta el día de hoy.

“Agradezco a Diomedes Díaz la confianza conmigo y hallar, junto con él, un sitio dentro de nuestro folclor”.

Nota: por su parte, EL COMENTARISTA agradece muy sinceramente a todos y cada uno de quienes han permitido hacer realidad esta serie de reportajes. Ellos saben quiénes son. ¡Gracias, muchachos!

FIN.

Héctor Sarasti. Es periodista egresado de la Facultad de Comunicación Social de la Universidad de la Sabana. Ha sido reportero la mayor parte de su vida. Ha estado vinculado a diarios de Colombia y Ecuador y corresponsal de diferentes medios impresos.

ALGUNOS LARGA DURACIÓN EN LOS QUE HA TRABAJADO

1.978. “La Locura”. Diomedes Díaz y Juancho Roís.
1.978. “Dos Grandes”. Diomedes Díaz y Nicolás Elías Mendoza.
1.979. “Los profesionales”. Diomedes Díaz y Nicolás Elías Mendoza.
1.980. “Tu Serenata”. Diomedes Díaz y Nicolás Elías Mendoza.
1.981. “Para mi fanaticada”. Diomedes Díaz y Nicolás Elías Mendoza.
1.981. “Con Mucho Estilo”. Diomedes Díaz y Nicolás Elías Mendoza.
1.982. “Todos es para ti”. Diomedes Díaz y Nicolás Elías Mendoza.
1.983. “Cantando”. Diomedes Díaz y Nicolás Elías Mendoza.
1.984. “El Mundo”. Diomedes Díaz y Nicolás Elías Mendoza.
1.985. “Vallenato”.  Diomedes Díaz y Gonzalo Arturo Molina Mejía.
1.986. “Brindo con el alma”. Diomedes Díaz y  Arturo Molina Mejía.
1.987 “Incontenibles”.  Diomedes Díaz y  Arturo Molina Mejía.
1.988. “Ganó el Folclor”.  Diomedes Díaz y Juan Humberto Rois Zúñiga.
1.989. “El Cóndor Herido”.  Diomedes Díaz y Juan Humberto Rois Zúñiga.
1.990. “Canta Conmigo”. Diomedes Díaz y Juan Humberto Rois Zúniga.
1.991. “Mi Vida Musical”. Diomedes Díaz y Juan Humberto Rois Zúñiga.
1.992. “El Regreso del Condor”. Diomedes Díaz y Juan Humberto Rois Zúñiga.
1.993. “Título de Amor”. Diomedes Díaz y Juan Humberto Rois Zúñiga.
1.994. “Un Canto Celestial”. Diomedes Díaz e Iván Zuleta Barros.
1.996. “Muchas Gracias”. Diomedes Díaz e Iván Zuleta Barros.
1.997 “Mi Biografía”. Diomedes Díaz e Iván Zuleta Barros.
1.998 “Volver a Vivir”. e Iván Zuleta Barros.
1.999 “Experincias Vividas”. Diomedes Díaz y Franco Argüelles
2.002. “Gracias a Dios”. Diomedes Díaz y Gonzalo Arturo Molina Mejia.
2.003 “Pidiendo vía”. Diomedes Díaz y Juan Mario de La Espriella.
2.005 “De Nuevo con mi gente”.  Diomedes Díaz y Franco Argüelles
2.007. “La Voz”.  Diomedes Díaz e Iván Zuleta Barros.
2.009 “Listo pa´la foto”. Diomedes Díaz y Alvaro López.
2.011 “Con Mucho Gusto”. Diomedes Díaz y Álvaro López.
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EL COMENTARISTA agradece a las miles de personas alrededor del mundo que nos leen y nos hacen llegar sus impresiones. La estadísticas de este blog soportan esta afirmación y muestran la acogida sin precedentes que tiene. Mil gracias. Siempre tendremos algo que contar y, sobre todo, que compartir. Dios los bendiga.
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"TICO", SU VIDA EN FOTOS

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EN EUROPA. De izquierda a derecha, atrás: Juan José Páez (teclado); Isaac Carrillo (Bajo); Giovani Caraballo (voz); en la mitad, igual orden: Edgar Bermúdez (caja); Virgilio Barrera (Guacharaca);  Alfredo Gutiérrez (voz); Héctor Rojano (tumbadora). Delante: José Liñán (saxofón); Tulio Maestre (bombardino); y Dilber Guerra, (Guitarra). Agrupación que estuvo en su última gira a Europa.  


FOTO LEGENDARIA. En la tumbadora "Tico"  ejecutando en tarima con (abajo izquierda), José "Tito" Castilla; (derecha mitad) los fallecidos Eudes Granados y Juan Humberto Roís Zúñiga, "Juancho".

Al filo de su adolescencia, Héctor Rojano dejó  estas calles de Calamar y se afincó en Valledupar. Ellas son testigas de su lucha por sobrevivir...

CALAMAR, BOLÍVAR. Para la época de su niñez y adolescencia este era el aspecto del muelle y el atracadero de embarcaciones.

Las famosas "Johnson", chalupas o piraguas que navegan en  el Río de la Magdalena. Siendo un niño, "Tico" las usaba para cruzar de una orilla a otra, andando de pueblo en pueblo.


 Héctor David Rojano Paba, el futuro hoy.

 Ronny Fernando Rojano Paba,  vibra como el padre.

Luis Alfredo Rojano Paba, dinastía.



 La futura médico,  Evelyn Johana Rojano Paba, su hija. 


Héctor y Virgilio Barrera, el guacharaquero.

En una tienda latina en Madrid, España. Premiados.

A la derecha padre e hijo, Héctor David y Héctor Manuel.



Edgar "Higuita" Bermúdez y Héctor "Tico" Rojano, dos profesionales de la percusión.

Rojano, Alfonso Orozco e Isaac Carrillo (atrás). Delante: Diomedes Díaz y Juancho Rois.

El timbalero de la casa, Made in 'Tico Corporation'.
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Dos grandes. Caratula del disco "La Locura" prensado con el desaparecido sello disquero CBS , hoy Sony Entertaiment Music. Este fue el primer disco en el que grabó "Tico" Rojano al lado del artista.

Contracaratula de "La Locura". Es la persona que está en la mitad, justo debajo del acordeón.

Créditos donde aparece Rojano Tapias en la producción musical: "Título de Amor".

En Amsterdam, Holanda. Atrás: Tulio Maestre, Héctor Rojano, Alfonso Orozco, Edgar Bermúdez, Diomedes Díaz, Virgilio Barrera, Isaac Carrillo. En la mitad, José Zequeda (manager), a su lado, Juan José Páez; apoyados, Giovanni Caraballo y Alvaro López. Delante ("The Wall"), José Liñán. 

"TICO" EN VIDEOS

CON JUAN ROIS




EN LA ÉPOCA DE COLACHO MENDOZA


CON GONZALO ARTURO MOLINA MEJIA, EL COCHA


TIEMPOS VIEJOS...

CON LOS HERMANOS ZULETA


CON JORGE OÑATE






OTROS VIDEOS


EN VENEZUELA, EN EL FAMOSO PROGRAMA CHEVERÍSIMO


EN BOGOTÁ, EN JORGE BARÓN TV.

PREPARANDO UN TOQUE EN ESPAÑA

DE TARIMA EN TARIMA




miércoles, octubre 12, 2011

PISÁNDOLE LA MANGUERA AL MAESTRO GOSSAÍN


Uno de los periodistas colombianos más legendarios es y será Juan Gossaín. Lo que no impide, en algún recodo de su grandeza, hacerle unas precisiones históricas que a bien ha de tener y en no mal han de recibir sus miles lectores.
Y esto tiene que ver con la publicación hoy 12 de octubre en el diario EL TIEMPO (Colombia) de su nota titulada: "Así fue la mañana tibia en que Cristobal Colón descubrió a América" en la que comete una serie de inexactitudes. Por lo demás, las acotaciones de EL COMENTARISTA se hacen en términos de colegaje, sin mayores pretensiones, por  cuanto en este oficio es mejor afirmar -sin duda- que aquel  "¡quien esté libre de errores que muestre su primera crónica!".
Las precisiones y la respectiva acotación se hacen en color rojo.
Con mil respetos, Maestro.
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Así fue la mañana tibia en que Cristobal Colón descubrió a América

Así fue la mañana en que Colón descubrió América
Foto:

Juan Gossaín cuenta la historia de los primeros hombres que pisaron "oficialmente" América.

Eran 120 hombres, piojosos y hambrientos, "que más parecían almas en pena": los primeros europeos en llegar a suelo americano, hace 519 años.
No podían llegar piojosos por cuanto lo que primero que moría, según los entendidos de la época, eran los piojos; tales decesos capilares eran seña de que ya se había cambiado de latitud.
Las tres carabelas eran dos y Martín Alonso Pinzón no fue el primero que divisó tierra. Las carabelas propiamente dichas eran La Pinta y La Niña, las dos primeras naves de aquella expedición en que viajaban 120 tripulantes piojosos y hambrientos, que más parecían almas en pena. La última no era un clásico velero de tres mástiles, mucho más grande y menos rápido que una carabela.
Eran tres. La tercera naufragó en esa expedición una vez se estuvo allá. La "Santa María" era una nave de tres mástiles ("nao") más grande comprada en el norte de España antes de la expedición y llamada antes "la Gallega", para la historia la "Santa María" pero todo indica que se popularizó en esa época más como "La Capitana". Por otro lado,  Martín Alonso Pinzón, en efecto, no fue el primero que vio tierra. Según lo documentado fue Rodrigo de Triana.
Como si no fuera suficiente, tampoco es verdad que esa tercera embarcación tuviera por nombre Santamaría. El 3 de agosto de 1492, día en que zarparon de España rumbo a la gloria, para cumplir una epopeya digna de la mitología griega, el buque se llamaba María Galante; así aparece registrado en los archivos de la época, que se conservan en Sevilla. Fue el propio Colón, cuando empezaron las terribles penurias del viaje, el que lo rebautizó en busca de la protección divina de la Virgen Santísima.
La Santa María tuvo varios nombres pero es inexacto de que Colón la rebautizó así "en busca de la protección divina". Ella recibió ese nombre en honor a la ciudad española de El Puerto de Santa María (Cádiz) cuyos habitantes tuvieron que sufragar la compra de esta nave por pedido de los propios reyes. Verdad documentada en el Archivo de Indias de Sevilla.
A mar abierto

Han pasado más de dos meses desde que partieron de Palos de Moguer, un pueblo de navegantes, minas rústicas de carbón y pescadores artesanales, perdido en la desembocadura del río Tinto. Para ser exactos, llevan 62 días de sufrimientos a mar abierto. No han visto más que agua y cielo. Ni un pájaro siquiera. Algunos han enfermado de tuberculosis.

El pueblo de Palos de Moguer jamás ha existido. Es un error histórico redactado en aquella época, copiado en centenares de enciclopedias y libros de historia hasta el siglo XX incluido. Son en realidad, dos poblaciones muy distintas de Huelva, España: Palos de La Frontera y Moguer que algún acucioso unió. Hoy en día se conservan tal cual y distan pocos minutos una de otra. Eran pueblos muy pobres llenos de pescadores.
Los tormentos son interminables. El hambre es tan agobiante que un sargento de grumetes, Sebastián de Ecija, escribe en su propio cuaderno de bitácora que tuvo que comerse las tiras deshilachadas de su pantalón de lona, aliñadas con agua de sal, para engañar el estómago. En medio de las desgracias se permite una pizca de humor. "El pantalón sabe a carne de cordero", anota en sus memorias. Son españoles: tienen un sentido trágico pero también cómico de la vida.

Aquello aún no se llamaba Reino de España como hoy. Luego no eran en rigor españoles. ¿Castellanos?
La semana pasada no aguantaron más. Se amotinaron. Enloquecidos por la desesperación, acusan a Colón de haberlos embarcado en una aventura sin destino. Estuvieron a punto de lincharlo.
El almirante, que hoy se levantó temprano, como todos los días, camina pensativo por la cubierta de La Pinta, que encabeza la caravana porque es la nave del almirante. No sabe si podrá resistir la próxima sublevación. Acaba de cumplir 41 años y es un hombre de pocas palabras, que parece encerrado en sí mismo. Nadie puede decir que lo ha visto sonreír. En las últimas semanas ha envejecido y ahora tiene cara de apesadumbrada anciana.

Hoy es viernes. Viernes 12 de octubre de 1492. Amanece. No hay viento. La mar océana, como a él le gusta llamarla, está en calma.
El mundo parece que se hubiera quedado quieto. El primer sol del día se alza muy pálido, en la parte más lejana del horizonte, porque estamos en la temporada lluviosa de este paraje que algún día se llamará Caribe.
Poco después de las 6 de la mañana, el almirante ve pasar a la derecha de su navío un puñado de algas podridas que flotan sobre la cresta del oleaje. No eran muchas, pero un navegante encallecido sabe lo que significan. Da un salto de emoción.
Regresa a su camarote y escribe en el diario: "Plantas y raíces a estribor. Si hay vegetación, tiene que haber tierra. Estamos muy cerca".

Esas algas podridas no las vio él primero, fueron sus marineros que le informaron.  Martín Alonso Pinzón determinó que estaban cerca, por algo, era más experto en el arte de navegar que Colón. Martín Alonso Pinzón había navegado en múltiples ocasiones por el Mediterráneo y el Norte de África.

Rodrigo de Triana ha estado de turno toda la noche en la meseta del vigía, que queda en la parte más alta del palo mayor. Ahora, mientras termina de clarear la mañana, descabeza un sueño atrasado durmiendo a pedazos.

De súbito, aquel centinela flaco y de baja estatura, que tiene un ojo torcido y que ha sido marino de ocasión, estibador sin trabajo y asaltante nocturno en las calles de Huelva, cree ver dos siluetas pequeñas que bailan entre la bruma. Teme que el hambre lo esté haciendo alucinar.

Por si las moscas, Triana afila su ojo bueno. Revisa con cuidado. Allí están, retozando, a veinte metros de su cara, dos gaviotas de cabeza negra, pájaros madrugadores. Vuelan hacia el occidente, aguas afuera. El vigía hace una conjetura de marino, equivalente a la que escribió Colón: "Si hay pájaros, hay tierra".

En sus escabrosas noches de taberna, de regreso a España, Triana relataría a los parroquianos lo que sintió en ese momento.
Dice que lo primero que hizo fue levantarse del puesto de vigilancia y seguir con la mirada el recorrido de las gaviotas. Vio una palma de coco en una playa que parecía ennegrecida por los aguaceros recientes. Empezó a temblar. Y entonces, con ambas manos alrededor de los labios, para hacer una bocina, pegó aquel grito que habría de cambiar para siempre la historia humana:

-¡Tierraaaaaaaaa! ¡Tierra a la vista!

(No fueron dos los ojos que primero la vieron, sino uno solo, el ojo bueno de Rodrigo de Triana, el que avistó a América.)

Rodrigo de Triana no avistó a América. Ellos suponían que habían llegado a las Indias Orientales. Muchos decenios después fue un historiador quien bautizó así a esas tierras.
Tan fuerte y agudo chillido del vigilante despertó a todo el mundo. No pudo darlo por segunda vez, como era su propósito, pues se quedó afónico. La garganta le ardía. La roñosa carabela se llenó de correndillas y alegría.

Los mismos tripulantes que hace una semana intentaron ajusticiar a Colón tirándolo al mar, ahora quieren alzarlo en hombros, como un triunfador. El italiano, tan discreto toda su vida, se niega con palabras de buena crianza a recibir semejante homenaje.
Colón fue asaltante de naves o pirata en el Mediterráneo. Cuando no tenía oficio conocido. 

-Primero lo primero -dice a sus hombres, y se aparta de ellos.

Va a la parte delantera de la proa; levanta con la mano derecha el estandarte de los reyes católicos, que le financiaron la odisea; se hinca de rodillas sobre las tablas ruinosas de la cubierta y se echa la señal de la cruz. Luego, ve una guacamaya de doscientos cincuenta colores que lo mira desde la arboleda.
Los reyes financiaron parte del viaje, pidieron barcos a diferentes poblaciones y uno que otro de los que viajó puso plata. Por ejemplo, Martín Alonso Pinzón, 500 mil maravedíes.

El primer baño de mar 

Colón impuso su autoridad en medio de la algarabía. Ordenó que primero bajaran a tierra los tres capitanes de las embarcaciones, el escribano Escobedo, que sería el encargado de levantar el acta oficial, y él mismo. Así se hizo. Luego saltaron los tripulantes.

Aquella chusma feroz, compuesta en su inmensa mayoría por truhanes de cantina, presidiarios, náufragos de la vida, gente sin futuro, se lanzó frenética al agua fresca. Reían y lloraban, se hacían bromas. Hoy, cualquiera los habría tomado por un enjambre de escolares inocentes que se divertían en vacaciones. Habían llegado a lo que se conoce como el archipiélago de las Bahamas.

Falso.  La mayoría de esas personas, todas identificadas con nombre, origen y apellidos eran en su mayoría marineros de cabotaje y pescadores habitantes de poblaciones de Palos de La Frontera, Moguer, Cádiz, El Puerto de Santa María e incluso de otras ciudades españoles como Denia (Valencia). Fue Martín Alonso Pinzón, el gran olvidado, el que seleccionó la mayoría por amistad, por recomendación pero, sobre todo, porque supieran del mar. Cada uno de ellos recibió un pago exacto en dinero por parte de Colón, lo cual quedó reflejado en documentos que se conservan en El Archivo de Indias.
Al contrario de lo que suele pensarse, Cristóbal Colón no fue un aventurero afortunado, sino un admirable navegante que había trabajado para los grandes mercaderes de Génova, su ciudad natal. Padeció varios naufragios y escapó de la persecución de los piratas, cuando resolvió que quería ponerse a estudiar. En la universidad de Coimbra, en Portugal, aprendió en profundidad cartografía, altas matemáticas y astronomía.
Esta es la versión rosa.

Siendo ya un hombre ilustrado, se unió a la tesis del sabio Toscanelli, quien sostenía que la Tierra era redonda. En consecuencia, decía Colón, si uno navega siempre hacia el occidente, sin necesidad de darle la vuelta al mundo por el sur de África, llegará más rápido a la India, donde hace quinientos años se amontonaban el comercio y la riqueza.

La tesis de Toscanelli era en realidad la de que si se navegaba hacia poniente se daba la vuelta al mundo. La de la Tierra redonda es la de Claudio Ptolomeo es su Geographia.
En pocas palabras: Colón no salió de España a buscar un mundo nuevo, del que nadie tenía noticia, sino a buscar un camino nuevo para llegar al mundo viejo. Fue su tenacidad la que le permitió encontrar lo que no andaba buscando.
No es así, Colón pretendió hallar un camino hacia el oriente ya que en la navegación  de la época se hablaba de rutas de navegación aún por establecer pero que el que las conocía alcanzaba riquezas. Hay una versión de que viajó ya que hospedó en su casa al ilustre "Prenauta", aquel sujeto anónimo que se desvió de la ruta y le contó a Colón todo lo que había visto.

'De fermosos cuerpos' 

Empieza a reunirse en la playa mucha gente de aquella isla pedregosa, a la que los nativos llamaban Guanahaní y que el almirante bautizaría de inmediato como San Salvador. Colón era, además, un estupendo narrador, como lo demuestra su diario:

"Les di a algunos de ellos unos bonetes colorados y unas cuentas de vidrio que se ponían al pescuezo. Venían nadando adonde nosotros estábamos y nos traían guacamayas o hilo de algodón en ovillos, que les cambiábamos por cascabeles".

Es falsa la leyenda de que el almirante encontró aquí unos indiecitos enjutos y de baja estatura. Fue exactamente al revés, según su propio testimonio: "Eran todos jóvenes, que ninguno vi de más de 30 años. Muy bien hechos, de fermosos cuerpos, altos y fuertes. Andan todos desnudos, como su madre los parió, y también las mujeres, pero no vi más que una buenamoza".
Esto es solo un extracto corto ya que Colón afirma mucho en su "Diario de Abordo", copiado por Fray Bartolomé de Las Casas. Colón dice mucho más, de la inocencia de estas gente y su sencillez como cuando relata que no sabían de armas pues les pasaba una espada y la cogían del filo o de la facilidad con que los podía aprehender para llevarlos a España y que los vieran allá. Como en efecto hizo. 
Epílogo

Ni él mismo supo en vida el verdadero alcance de su hazaña: murió catorce años después de aquella mañana, en 1506, a los 55 años, convencido de que había llegado a territorio asiático por un camino más corto, como era su propósito.

Lo persiguió la infamia, lo metieron en la cárcel, le regatearon sus derechos, fue abandonado por todos, incluido su hijo Diego, un zángano que vivió de la gloria de su padre.

En el mundo que él descubrió existe una sola nación que lleva su nombre. Se llama Colombia, que es como debería llamarse el continente entero.
Colón era viudo. Su hijo lo criaron los monjes del Monasterio de La Rábida cuando él lo dejó allí. ¿Zangano? Dicho zangano y su familia heredó ese Nuevo Mundo por cuenta de las "Capitulaciones" que firmó Colón y los Reyes antes del viaje.
JUAN GOSSAÍN
ESPECIAL PARA EL TIEMPO
CARTAGENA DE INDIAS


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